«Cuando te das al otro, recibes el doble». Así resume Nuria Domenech, maestra de infantil de Alicante y voluntaria en el Centro de Acogida San Agustín (C.A.S.A.), lo que ha supuesto para ella dedicar parte de su tiempo al servicio de las personas sin hogar.
Su historia fue publicada en el portal Religión en Libertad (España), donde compartió cómo, a pesar de convivir con un diagnóstico de parkinsonismo, encontró en C.A.S.A. un espacio de fortaleza y gratitud.
“Mi primera experiencia como voluntaria en el comedor de las monjas fue de profunda ternura. Al ver la vulnerabilidad de esas personas solo sentía agradecimiento. Descubrí que somos iguales a los ojos de Dios, y que, cuando te das, recibes el doble. Darme a los demás me ha hecho crecer como persona”.
El voluntariado como camino de transformación
En C.A.S.A., los voluntarios no solo reparten cenas o ropa; ofrecen tiempo, escucha y cariño. Y en ese dar, muchos descubren que el voluntariado no es una entrega unidireccional, sino un intercambio vital.
Nuria lo explica con sinceridad:
“Uno llega con la idea de ayudar, pero pronto se da cuenta de que quienes más nos regalan son ellos. A mí me devuelven paz, gratitud y una fe renovada. Te das cuenta de que, en realidad, recibes más de lo que das”.
Su testimonio refleja lo que ocurre en este centro desde su nacimiento en 2020, cuando —en plena pandemia— se abrió como un lugar de acogida integral: cenas, talleres, acompañamiento, asesoramiento legal y, sobre todo, humanidad.
La mirada que dignifica
Nuria insiste en algo que la marcó desde el primer día: la dignidad que se devuelve con un gesto sencillo.
“Lo que más me impactó fue que aquí no hay distancias: se les mira a los ojos, se les llama por su nombre y se les trata como lo que son, personas con valor infinito. Ese reconocimiento cambia más que cualquier ayuda material”.
La experiencia de C.A.S.A. demuestra que, muchas veces, lo más transformador no es la comida ni la ropa, sino la escucha atenta y la cercanía humana.
Una casa abierta al corazón humano
Para Nuria, el voluntariado en C.A.S.A. es también un camino espiritual:
“Me doy cuenta de que Jesús estaría aquí, sentado a la mesa, sirviendo o escuchando. Esa certeza me llena de esperanza. Cada día de voluntariado es un recordatorio de que todos somos iguales a los ojos de Dios”.
El espíritu que anima esta obra es el de San Agustín y su célebre lema: “Ama y haz lo que quieras”. C.A.S.A. es hoy un hogar donde ese amor se hace concreto en lo cotidiano: un café caliente, una conversación sincera, una palabra de aliento.